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No es en broma; es en serio

10/11/2006 | Gasoducto | Noticias Destacadas | 1899 lecturas | 575 Votos




El histrionismo de grado incontenible suele desbordar de la personalidad de los políticos populistas. Es un sello que los marca, como lo es el consecuente ridículo en que caen y del que les es difícil salir.    

 

Ha ocurrido con los populistas en estado puro, como lo fueron tantos dictadorzuelos latinoamericanos del siglo XX y que escritores eximios han retratado de manera inapelable, y muchas veces desopilante, desde el Tirano Banderas , de Valle Inclán. 

 

Ese fenómeno ha ocurrido por igual con otros sujetos a los que la historia y la contemporaneidad han exhibido abrazados como simios, siempre agitados en los extremos inalcanzables y aparentemente contradictorios de la demagogia impiadosa con el buen tino, por señalar la más leve de las imputaciones de las que se han hecho acreedores en el ejercicio brutal del poder. Ha sido ése el caso de Hitler, hacia la derecha más exacerbada.

 

Ha sido el caso, también, de algunos iluminados que, desde la izquierda radicalizada, asombraron al mundo por facetas tan curiosas como la aptitud para aferrarse por más de cinco horas a un micrófono y hablar sin parar. Vaciaron así de contenido la ley de la gravedad, la ley de la respiración natural y la ley del sentido común.

 

Por eso, cuando el ex jefe del gobierno español, Felipe González, calificó de broma el anuncio de un megaproyecto para construir el gasoducto más largo del mundo, entre Puerto Ordaz, Venezuela, y el Río de la Plata, un escalofrío debió de haber recorrido la humanidad de cualquier ciudadano dotado de mínima cordura y prudencia.

 

 El presidente Chávez anunció su construcción después de haber afirmado, nada menos, que "la historia del siglo XX y el siglo XXI se escribe en dos etapas: antes y después de Mar del Plata".

 

Lo dijo por la malhadada reunión de presidentes americanos de dos años atrás, que ha dejado en la memoria de la diplomacia norteamericana y de otros países, como México, un registro de sorpresa y amargura que, en el caso de la primera potencia mundial, anotaron por igual los republicanos que gobiernan hoy y los demócratas que podrán gobernar mañana.

 

Es útil tener en todo tiempo presente que los países democráticos y dominantes en la política internacional, como los Estados Unidos, pueden cambiar de partido en ejercicio del gobierno.

 

Sin embargo, sus grandes intereses están respaldados por políticas permanentes y previsibles por encima de los matices que diferencien a cada una de sus alternativas de poder.

 

El gasoducto más largo de la Tierra pasaría, como es natural, por Bolivia, dicho sea de paso más rica en gas y más próxima a la Argentina que Venezuela.

 

 Si la Argentina se ha prestado alegremente al anuncio del presidente venezolano a fin de llamar la atención de Bolivia y sentarla en mejores condiciones de fuerza para nuestro país a una mesa de negociaciones, bien.

 

Si la Argentina, en cambio, ha quedado atrapada en un anuncio merecedor de jocundas consideraciones por parte de uno de los grandes líderes del socialismo europeo de las últimas décadas, mal.

 

La historia argentina de los últimos sesenta años ha sido llamativamente caudalosa en anuncios estrepitosos de final incierto y peor cumplimiento. A la larga hay un precio por esa compraventa de ilusiones al por mayor, pero sin destino efectivo alguno.

 

Ha señalado LA NACION que el mentado megaproyecto carece de estudios de prefactibilidad y, aun cuando los hubiera, se cuenta con opciones menos costosas que ese trazado de unos 8000 kilómetros -en medio de una abrumadora imprecisión, algunos hablan de 10.000 kilómetros- por espacios desolados como la Amazonia.

 

O sea, a través de una geografía demográficamente menos generosa para una iniciativa de tal naturaleza como podría serlo la del escenario europeo.

 

 También se ha dicho en estas páginas que Venezuela importa gas boliviano para consumo interno, de modo que en el punto original del gasoducto habría que desarrollar procesos de exploración del fluido, con las consiguientes inversiones adicionales que eso requeriría. Y hasta se ha hecho notar que para distancias de más 4000 kilómetros es preferible transportar el gas por vía marítima.

 

¿Qué decir, entretanto, de las posibilidades que ofrecen potencialmente a la Argentina las riquezas gasíferas subyacentes en provincias como Salta y Neuquén, tan pronto se estimularan las inversiones del modo efectivo ante el cual reaccionan los capitales que las hacen en cualquier parte del orbe?.

 

 En verdad, el gobernador neuquino, Jorge Sobisch, se había adelantado al juicio de Felipe González, cuando dijo sobre el megaproyecto: "Es una de las mentiras más grandes que le quieren vender a los argentinos".

 

Sería una pena que en tan grave asunto como en el fondo lo es éste prevaleciera en la atención pública el mero reflejo suscitado por el éxito de los cazadores de perlas humorísticas. El propio Felipe González, al ratificar aquello de la "broma", dijo que había hablado en serio.

 

Así deben considerarse sus palabras, sobre todo porque en el escenario en el que fueron dichas -el Club de Madrid, una organización de ex jefes de Estado y de gobierno de excepcional relieve internacional- él mismo afirmó que es inevitable, a corto plazo, una crisis en la oferta energética.

 

Y que, como consecuencia de eso, se producirá un crecimiento exponencial de la tensión internacional por el reparto de las fuentes de energía.

 

Uno de los grandes pensadores contemporáneos ha dicho que la prosperidad es un detergente irresistible: echa de la casa los trapos sucios y los malos olores.

 

 A falta de una prosperidad genuina y sustentable en el tiempo, la historia enseña que los gobernantes populistas, en cualquiera de sus gamas, apelan al desborde de sus fantasías.

 

Dejemos al señor Chávez con sus anuncios y con sus razones para formularlos y perseveremos en la Argentina, con trabajo y constancia, por el camino de las iniciativas juiciosas.

 

Es decir, las que están fundadas en estudios sólidos y suficientes, que hayan sopesado las fortalezas y debilidades de cada propuesta.

 

Sin ignorar, claro, que la realidad tiene leyes que en el largo plazo nadie ha probado que pueda vencer el más obstinado de los caprichos voluntaristas ni la más excéntrica de las divagaciones.

 

 

Fuente: La Nación

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