En un país donde 90% de la energía primaria es de origen hidrocarburífero (gas y petróleo) y donde las reservas de uno y otro tienen un horizonte de siete a diez años o aun menos, la diversificación energética, esto es la ampliación de las fuentes primarias de energía, debiera ser una prioridad nacional. Sólo en los últimos dos o tres años (o tal vez menos), el abastecimiento de energía del país comenzó a preocupar, aunque todavía sólo en los círculos más entendidos. A nivel social, ni siquiera parece haber una amplia conciencia de este tipo de cuestiones, que siguen apareciendo como "técnicas". El hombre común no da señales de entender qué tan cerca sus cosas cotidianas están influidas por la industria de la energía.
Ya resulta hasta agotador convenir en que, en materia energética, la Argentina nunca ha podido diseñar o sostener algún tipo de plan estratégico de largo plazo. Se ha balanceado en la dirección del viento, dando giros radicales en direcciones -la mayoría de las veces- absolutamente opuestas. Pero tal vez, el potencial del país haya permitido estos yerros o despilfarros de tiempo y recursos, porque en definitiva, siempre, de una forma u otra, la grieta en la estructura podía ocultarse con un poco de yeso. Ahora podría no haber ya casi espacio para maniobrar.
Paradójicamente, la Argentina es un país privilegiado desde el punto de vista de su potencial energético. La naturaleza la ha dotado de todas las fuentes más utilizadas en el mundo moderno: petróleo, gas, agua en abundancia, carbón, geotermia, vientos, sol, un litoral marítimo extenso como pocos y, sobre todo, inteligencia y desarrollo tecnológico, como para dotarse, también, de energía nuclear. Sin olvidar que, como país agrario, además tiene recursos como para entrar decididamente en una etapa de desarrollo y uso intensivo de combustibles de origen vegetal. La enumeración de posibilidades podría seguir casi indefinidamente. Debió hacer falta mucho empeño para lograr que el país termine preocupándose por su futuro energético, si acaso hubiera una preocupación.
Frente a la perspectiva bastante tangible de que las dos principales fuentes de energía primaria, como el gas y el petròleo, comenzarñan a escasear progresiva pero indefectiblemente, la teorìa indica que debiera pensarse en un plan de sustituciòn de fuentes, equilibrando la influencia de cada una de ella sobre la canasta energètica. No es algo que se pueda hacer de un dìa para el otro, obviamente, pero al menos sería bueno que tal objetivo (programado racionalmente y con plazos concretos) se convirtiera en una suerte de empresa nacional.
Por ahora, puede que se vaya en la direcciòn contraria. Los proyectos màs urgentes del Estado nacional para abastecer de energìa al paìs pasan por aumentar el uso del gas, por ejemplo, aunque para ello haya que importarlo cada vez en mayores volùmenes y por ende, con mayores costos.
Algunos especialistas sostienen ahora que el consumo de gas fue un "despilfarro", aludiendo a que hace poco màs de 20 años, las reservas tenìan un horizonte de 60 años. Sin embargo, el éxodo hacia el gas (por entonces abundante y barato) comenzó en la década del 80, cuando se produjeron masivas reconversiones en las industrias y se lanzó el programa de GNC. Hoy somos uno de los paìses màs "gasificados" del mundo (más del 40% de la matriz energètica primaria) y el de la mayor cantidad de vehìculos a GNC circulando (más de un millòn y medio). El 10% (264 milllones de metros cùbicos mensuales) de todo el gas que se consune en el paìs, es para alimentar vehìculos particulares. Mientras el gas debìa ser "prorrateado" entre todas las bandas de consumo porque era cada vez menos disponible, el precio del GNC subía, promedio país, unos 18 centavos en dos años. Ahora la curva de crecimiento de este segmento parece haberse desacelerado y es muy posible que el 2006 marque el pico histórico, deteniéndose por primera vez desde principios de los ochentas.
Factores como la propia disponibilidad del combustible en el contexto de un país crecientemente importador, los inevitables aumentos de precios y el hecho de que la franja de consumidores para los cuales es muy apropiado el GNC ya parece estar casi cubierta por completo, podrían indicar que este combustible superbarato haya llegado al techo de sus posibilidades. Por caso, la curva de crecimiento en el número de estaciones de servicio también tiende a achatarse.
Por lo demás, si hubo un "despilfarro" del recurso gasífero, éste fue doméstico, ya que las exportaciones no llegaron a ser significativas en términos de volumen ni a producir problemas para la demanda interna. Volviendo al tema de fondo, aunque la tendencia hacia una dependencia tan marcada (una verdadera encerrona en términos de estrategia energética) viene mostrándose desde hace varios años (para no ir demasiado lejos podría decirse que desde 1998, cuando comenzó a retroceder la producción de petróleo), ningún gobierno propuso una migración ordenada pero severa hacia la diversificación de la canasta energética. La estrategia oficial es contradictoria, pero se sigue apostando al gas, sólo que ahora importado. El avance de las centrales térmicas se debió a que era mucho más barato y rápido construir este tipo de plantas y el gas estaba disponible. El 30% del gas que consume el país se quema allí para producir energía eléctrica. El gas que se importa y el que se importará, será para este fin, mientras sigue postergada una mayor utilización del potencial hidráulico, que es muy importante. Debiera deducirse que la razón es la misma: es más caro y tarda más. Ergo: las urgencias condicionan las decisiones y se cae en el círculo vicioso.
Por otro lado, cuando el agua se acerca al cuello, se crean las condiciones para que el país haga malos negocios; ha sido una constante argentina. Cuando el necesitado es el comprador, el vendedor aprovecha. Durante muchos años, Argentina le compró gas a Bolivia no por necesidad, sino por política y solidaridad latinoamericaca. Bolivia ahora le vende gas a Argentina a riguroso precio de mercado. Pero no ven, la mayorìa de los analistas, otra salida que apostar a que Bolivia sea el proveedor a largo plazo.
Con urgencias, también se corre el riesgo (si vamos a los antecedentes argentinos) de hacer muy malos negocios en los proyectos que eventualmente deban encararse acuciados por el tiempo y la necesidad. Con o sin inflación, prácticamente todos los proyectos energéticos grandes en el país terminaron costando al menos dos veces más que lo presupuestado inicialmente.
La diversificación energética como empresa nacional, como objetivo de mediano y largo plazo, como se dijo antes, no se puede conseguir de un día para el otro. Sin embargo, hacia ella se llega gradualmente y "todo suma". Esto quiere decir que pueden individualizarse pequeños segmentos del mercado consumidor donde se puede comenzar la migraciòn. El biodiésel es uno de ellos, ya que se dispone de recursos y tecnologìa. Paralelamente, se sabe que si hay una fuente limpia e inagotable es la hidràulica. No se explica bien (fuera de la nombrada cuestión de las urgencias) por qué no se ponen en marcha algunos de los muchos proyectos hidroelèctricos existentes, más allà de Yacyretà, que no es la única, y tal vez tampoco la mejor opción.
Diversificar y ahorrar; son las dos claves. Igual que subsidiar lo nuevo, lo que agregue a la estrategia liminar y no el despilfarro, como el GNC barato para automòviles que cuestan varios miles de dólares. Como un efecto de zoom óptico, la dinámica económica acerca los planos. Lo que parece lejos, en verdad, está muy pegado al presente. En otras palabras, hay que empezar ahora.
Fuente: Ámbito Financiero
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