Es la cifra que la región recibiría según los números que maneja la CEPAL. La gran disyuntiva pasa por definir si los recursos naturales se exportarán en su mayoría. La región percibiría hacia 2030 una cifra aproximada a los 332 mil millones de dólares que serían destinados a negocios relacionados con el petróleo, y 253 mil millones de dólares en el caso del gas.
Según las estimaciones de la Comisión Económica para el Desarrollo de América Latina (CEPAL), la región percibiría hacia 2030 una cifra aproximada a los 332 mil millones de dólares que serían destinados a negocios relacionados con el petróleo, y 253 mil millones de la misma moneda en el caso del gas. A pesar de la magnitud de esos valores, el organismo considera que se trata de un desembolso insuficiente si el subcontinente prevé aumentar su gravitación en el mundo energético a partir de un mejor abastecimiento al mercado interno y la exportación a Norteamérica.
Diversos especialistas señalan que países como Bolivia, Perú y Venezuela, principalmente, cuentan con recursos naturales suficientes como para suministrar en el futuro cercano y en el mediano plazo a las economías de EE.UU., México y Canadá los volúmenes de gas natural que éstas requieren para no resentir su funcionamiento productivo.
De esa manera, las naciones latinoamericanas obtendrían un doble rédito: en primer término, exportarían gas natural y generarían divisas útiles para balancear su Cuenta Corriente. Vale la pena destacar que la utilización de recursos propios para generar caja es uno de los grandes imperativos históricos que afrontan la mayor parte de los estados de la región. Al mismo tiempo, disfrutarían de una suculenta remuneración, ya que se espera que los precios de la energía continúen en aumento a nivel internacional, y muy especialmente en los mercados del Norte, que pagan un valor mayor al del resto del mundo.
La disyuntiva
A pesar de la buena noticia que significa para algunos países del Tercer Mundo el hecho de que las economías del Norte sean deficitarias en energía, ese escenario presenta para la región al menos un interrogante con difícil solución a mediano y largo plazo. En efecto, la venta de gas natural permitiría generar divisas que podrían ser empleadas tanto en el pago de la deuda externa como en el financiamiento de crecimiento interno. Sin embargo, ese esquema adolece de un defecto cuyas consecuencias, para muchos, ya quedaron evidenciadas en el pasado: puede quitar estímulo al desarrollo local de productos con alto valor agregado.
Algunos economistas, que cada vez son más oídos en los pasillos de los gobiernos latinoamericanos, repiten cada vez que pueden las virtudes de la industrialización de recursos naturales in situ.
Entre otras cosas, argumentan que tiende a amortiguar las fluctuaciones macroeconómicas (Prácticamente lo contrario a lo que ocurre con el gas natural en sí mismo, que está en vías de “commoditización”), genera en muchos casos un importante efecto creador de empleo y agrega valor, hecho que repercute en una mayor generación de divisas para el país.
Corresponde a los líderes políticos y empresarios del sector de energía encontrar una salida balanceada que contemple un volumen de exportación del gas natural que permita a los países favorecidos geológicamente convertirse en proveedores confiables para sus clientes y, al mismo tiempo, ingresar la cantidad de recursos económicos necesarios para financiara su industria local.
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