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02/02/2007 | Advertencia desde la ventana | Noticias Destacadas | 1324 lecturas | 580 Votos




La convocatoria correcta sería un Green New Deal (Nuevo trato verde) que no pretenda ser una bala mágica sino una amplia diversidad de programas y proyectos industriales para revitalizar a Estados Unidos. Lo mismo va para un New Deal de energía.


No sé ustedes, pero cuando veo cosas en la naturaleza que nunca he visto en mi vida, como narcisos floreciendo en enero, la atmósfera se empieza a sentir extraña, como un segmento de La dimensión desconocida. Casi espero despertar un día y encontrar a Rod Serling (escritor, presentador y protagonista de la famosa serie de televisión) podando mi césped en pantaloncillos cortos. ¿Por qué no? Diciembre pasado fue el cuarto mes más cálido que se haya registrado  y  2006  el año más caliente desde 1895. Fue el año más caliente en Gran Bretaña desde 1659.


Todo parece indicar que incluso la Casa Blanca se dio cuenta. Al Hubbard,  asesor económico del presidente Bush, dice que el Mandatario estadounidense pronto dará a conocer una estrategia de independencia energética que producirá “encabezados por doquier que los dejarán sin calcetines”. Como todo lo que el presidente ha hecho con respecto a la energía me ha obligado a ponerme bien los calcetines, aguardé con impaciencia a oír a Bush.


Ni la Casa Blanca ni el Partido Demócrata comprenden que los ciudadanos y las empresas están varios kilómetros por delante de ellos con respecto a este tema de la energía y el ambiente. El candidato presidencial que finalmente encuentre una solución al problema y que diseñe una agenda urgente para la energía y el ambiente va a tener una gran ventaja en el 2008.


¿Qué sería urgente? Antes pensaba que sería un Proyecto Manhattan con respecto a la energía. Ya no lo creo. He aprendido que no existe una bala mágica para reducir nuestra dependencia del petróleo y las emisiones de gas de invernadero, y en cambio a los políticos que se pronuncian sobre el tema lo único que les preocupa es no tener que pedir sacrificios hoy.


La convocatoria correcta sería un Green New Deal (Nuevo trato verde) que no pretenda ser una bala mágica sino una amplia diversidad de programas y proyectos industriales para revitalizar a Estados Unidos. Lo mismo va para un New Deal de energía. Si vamos a revertir la tendencia al cambio climático y ponerle fin a nuestra adicción al petróleo necesitamos más de todo: energía solar, eólica, hidro, etanol, biodiésel, carbón limpio y energía nuclear, y conservación.


Hace falta un Green New Deal porque para fomentar todas estas tecnologías hasta un punto en el cual puedan realmente ascender se debe contar con un enorme proyecto industrial. Si usted ya puso un molino de viento en su patio o algunos paneles solares en su techo, bendito sea su corazón. Pero solo volveremos verde el mundo cuando cambiemos la naturaleza misma de la red de electricidad, alejándola del carbón sucio y del petróleo para emplear carbón limpio y energías renovables. Eso significa un gigantesco proyecto industrial, mucho mayor de lo que le han dicho hasta ahora. Finalmente, como el New Deal, si acometemos la versión verde tiene el potencial de crear toda una nueva industria de energía limpia para impulsar nuestra economía al siglo XXI.


Para encender el Green Deal Verde hace falta poner en orden dos cosas: regulaciones del gobierno y precios. Vean a California. Al fijar normas más altas para la eficiencia energética de edificios y aparatos electrónicos, y crear incentivos para aparatos que ayuden al consumidor a usar menos energía, el estado ha mantenido constante su uso individual de electricidad desde hace 30 años, mientras que el resto de Estados Unidos ha registrado un aumento, de manera individual, de casi el 50%, según el Consejo de la Defensa sobre Recursos Naturales. Eso le ha evitado a California la construcción de 24 gigantescas plantas de energía.


Si Ronald Reagan no hubiera reducido las normas de eficiencia de combustible para las fábricas de automóviles de Detroit, quizás no necesitaríamos del petróleo de Oriente Medio hoy en día. Las normas obligan a la innovación y la innovación da paso a la conservación a escala.


Sin embargo, también los precios tienen importancia. No me importa si se trata de un impuesto federal a la gasolina, impuesto al carbón, impuesto BTU o sistema tope-comercio, empresas de servicio público, tanto a fábricas como propietarios de automóviles les tienen que exigir el pago del costo real y pleno a la sociedad del carbono  que  envían  a  la atmósfera. Y  los  costos  mayores  de  combustibles  fósiles vuelven más competitivas  las  alternativas  limpias  más costosas.


“Las empresas de servicio público que están reguladas son las de mayor importancia para el consumidor, desde la perspectiva de la inversión en el largo plazo, y si no se les exige valorar la reducción de carbono, entonces invertirán menos de lo necesario en eficiencia energética y energía renovable”, me dijo Peter Darbee,  presidente de Pacific Gas and Electric.


Esto no es ciencia espacial. Las normas gubernamentales sí tienen importancia. Impulsan la innovación y la eficiencia. Y los precios también importan. Impulsan opciones de energía más limpias y abundantes. Así que cuando el Presidente revele sus propuestas de energía, si no se pronuncia por mayores normas de eficiencia y mayores precios para los combustibles fósiles, quítense los calcetines. Va a hacer calor por aquí.


 

Fuente: The New York Times

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