
El Colapso Petrolero no es una de las amenazas globales que el Departamento de Defensa haya combatido antes; y, como otras agencias gubernamentales de los Estados Unidos, tiende a evitar el asunto, viéndolo hasta hace bien poco como una cuestión periférica. Pero desde que las estimaciones de la llegada inminente del colapso petrolero se han incrementado, se ha visto obligado a sentarse y tomar nota.
Estimulado, a lo mejor, por la subida de precios de combustible, o por la atención creciente que se ha dedicado a la “seguridad energética” <http://www.iags.org/es.html> por parte de estrategas académicos, el DoD se ha interesado súbitamente por el problema. Para guiar la exploración del tema, se ha creado la Office of Force Transformation <http://www.oft.osd.mil/> con la Office of the Under Secretary of Defense Policy, comisionada por LMI <http://www.lmi.org para dirigir un estudio de las implicaciones de la futura escasez energética en la estrategia del Pentágono.
El estudio resultante <http://www.oft.osd.mil/>, "Transforming the Way the
DoD Looks at Energy," fue una auténtica bomba. Determinando que la estrategia militar global del Pentágono es incompatible con el declive de producción mundial de petróleo, LMI concluyó que “el actual plan presenta una situación en la que la agregación de la capacidad operacional de la energía podría ser insostenible a largo plazo.”
El LMI llegó a esta conclusión a partir de un cuidadoso análisis de la doctrina militar actual de los Estados Unidos. En el corazón de la estrategia militar nacional <http://www.whitehouse.gov/nsc/nss.html> impuesta por la Administración Bush, la doctrina Bush, hay dos principios básicos: “transformación”, o la conversión del pesado y estancado aparato militar estadounidense de la Guerra Fría en un máquina de guerra futurista, de tecnología punta, capaz de saltar ágilmente de continente a continente; y “prevención”, o el inicio de hostilidades contra “estados gamberros” como Irak e Irán, sospechosos de poseer armas de destrucción masiva. Lo que los dos principios suponen es un incremento sustancial en el consumo de productos petrolíferos por parte del Pentágono, ya sea porque tales planes confían, cada vez más, en poder aéreo y marítimo, o porque implican un “tempo” acelerado de operaciones militares.
Como resumió el LMI, la implementación de la doctrina Bush requiere que “nuestras fuerzas se expandan geográficamente y sean más móviles y expeditivas para que se puedan implicar en más zonas y estén preparadas para el despliegue en cualquier parte del mundo”; al mismo tiempo, “tiene que haber una transición desde posiciones de fuerza reactivas hacia posiciones activas para detener las fuerzas enemigas en la organización de ataques potencialmente catastróficos.” De ahí se sigue que “para llevar a cabo estas actividades, el ejército estadounidense necesitará intensificar el uso energético... Considerando la tendencia de consumo operacional de combustible y las futuras necesidades de su capacidad, este ‘nuevo’ constructor de uso energético requerirá más combustible.”
El incremento resultante de consumo de petróleo es probable que sea dramático. Durante la operación Tormenta del Desierto en 1991, el promedio en el uso energético de un soldado norteamericano era sólo de cuatro galones de petróleo al día; como resultado de las iniciativas de George W. Bush, un soldado norteamericano en Irak está empleando ahora cuatro veces más<http://www.boston.com Si esto sigue así, la siguiente guerra podría conllevar un gasto de 64 galones al día por soldado.
Fue la insostenible lógica de esta situación lo que llevó al LMI a concluir que hay una severa “desconexión operacional” entre los principios para las guerras futuras de la Administración Bush y la situación energética global. La compañía señala que la administración “ha ligado la capacidad operacional del ejército a una soluciones de alta tecnología que requieren un crecimiento continuo de fuentes energéticas”, y lo ha hecho en el peor momento histórico posible.
Después de todo, lo más probable es que el abastecimiento de energía empiece a disminuir en vez de crecer. Claramente, como se puede leer en el informe de abril de 2007 del LMI, “podría no ser posible el ejecutar las capacidades y conceptos operacionales para alcanzar nuestra estrategia de seguridad si no se consideran las implicaciones energéticas.” Y cuando se consideran estas implicaciones energéticas, la estrategia deviene “insostenible”.
El Pentágono como “Servicio Global de Protección de Petróleo”
¿Cómo responderá el ejército ante este inesperado reto? Una aproximación, favorecida por algunos del DoD, es “volverse verde”, esto es, enfatizar el desarrollo acelerado y adquisición de sistemas armamentísticos “sostenibles”, de modo que el Pentágono pueda mantener su compromiso con la Doctrina Bush, pero consumiendo menos petróleo mientras lo hace. Esta aproximación, en caso de que sea factible, entrañaría la obvia atracción de permitir al Pentágono una apariencia “respetuosa con el medio ambiente” mientras preserva y desarrolla su estructura de fuerza intervencionista existente.
Pero también hay una posibilidad más siniestra que puede ser mucho más conveniente a los oficiales superiores: para asegurarse una fuente fiable de petróleo a perpetuidad, el Pentágono aumentará sus esfuerzos para mantener el control sobre fuentes de suministro extranjeras, notablemente campos de petróleo y refinerías de la región del Golfo
Pérsico, especialmente en Irak, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes.
Esto ayudaría a explicar las recientes declaraciones sobre los planes de los Estados Unidos de mantener bases “durables” <http://www.tomdispatch.com/ en Irak, junto con una impresionante y elaborada infraestructura de bases en estos otros países.
El ejército estadounidense primero empezó procurando productos petrolíferos de proveedores del Golfo Pérsico para sostener sus operaciones de combate en el Medio Oriente y Asia durante la Segunda Guerra Mundial, y desde entonces lo ha estado haciendo. Fue, en parte, para proteger esta fuente vital de petróleo para propósitos militares que, en 1945, el Presidente Roosevelt fue el primero en proponer el despliegue de presencia militar norteamericana en la región del Golfo Pérsico.
Más tarde, la protección del petróleo del Golfo Pérsico llegó a ser más importante para el bienestar económico de los Estados Unidos, como se articuló en la “Doctrina Carter” del presidente Jimmy Carter<http://www.jimmycarterlibrary.org/ sobretodo en su discurso del 23 de enero de 1980, así como también en la decisión de agosto de 1990 del presidente George H. W. Bush de parar la invasión de Kuwait de Saddam Hussein, que llevó a la primera Guerra del Golfo y, como muchos dirían, la decisión del joven Bush de invadir Irak una década más tarde.
Así las cosas, el ejército norteamericano se ha transformado en un “servicio global de protección de petróleo”<http://www.tomdispatch.com/
para beneficiar a las corporaciones y consumidores estadounidenses, luchando en ultramar y estableciendo bases para asegurar que saquemos nuestra cantidad fija de petróleo al día. Sería a la vez triste e irónico que el ejército norteamericano luchase en guerras sólo con el propósito de garantizar el combustible suficiente para abastecer a sus propios aviones, barcos y tanques, consumiendo centenares de miles de millones de dólares al año que se podrían destinar al desarrollo de alternativas al petróleo.
Michael T. Klare es profesor de Paz y Estudios de Seguridad Mundial en el Hampshire College, también es autor de Blood and Oil: The Dangers and Consequences of America’s Growing Dependency on Imported Petroleum <http://www.powells.com.
Artículo procedente de Tomdispatch.com <http://www.tomdispatch.com/post/174810>.
Traducción para www.sinpermiso.info: Oriol Farrés Juste
Fuente: Crisis Energ茅tica
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